Desde mi nube y con gafitas

“Érase una vez un Ángel que del Cielo quiso bajar a la Tierra para experimentar lo que era ser humano. Adoptó la forma de mujer. Sólo bajó con lo puesto… unas preciosas gafitas que Dios le había regalado y una nube pequeña, desde donde miraba cada día todo lo que sucedía entre el Cielo y la Tierra. Sólo a través de esas gafitas podía ver nítidamente el mundo y a las personas que vivían en él. Sin ellas se sentía desorientada, perdida, pues todo se volvía invisible e incluso ella misma, ya que ni siquiera podía percibir su propio cuerpo. Esta historia está contada por ese ángel que, a través de la narración de sus peculiares observaciones, intenta representar el mundo que ve.”

Un día agarré mi media nube y mis gafitas (esas que Dios me ha dado) y fui a vivir a un lugar indeterminado entre la metáfora y el surrealismo. Desde entonces, estoy pagando la hipoteca con poemas, cuentos, relatos, novelas, dibujos, pinturas, fotografías… ¡canela fina! y otras especias.

Poco a poco o mucho a mucho, dependiendo del día, estado de ánimo y condiciones atmosféricas, suministraré género del bueno, fabricado a mano, con amor, humor y pasión.

Porque te quiero. Porque todo lo que hago es pensando en ti y con el corazón… de la única forma que sé vivir. Y estoy en ello, dispuesta a seguir haciéndolo con muchas ganas, para que tú lo puedas disfrutar. Ojalá sea así.

5 jul. 2017

DÍA SURREALISTA

Martes, seis de la tarde.

Vuelvo a casa, de urgencias médicas, con el brazo como un Roscón de Reyes pero sin sorpresa dentro.

Es debido a un caída libre, de cuerpo entero, a lo loco me lo bailo, que tengo a las doce del mediodía, de este mismo día, en un hueco de árbol, sin árbol, frente al ayuntamiento de mi barrio.

Entre mi vista de lince dormido y mi despiste, al no ver árbol, tomo la acera con toda la confianza de pensar que era jauja. Un señor, que me ve caer, muy amable, me ayuda a incorporarme:

-Vamos a la sombra, maja, que te has metido un meneo del trece y martes, siendo cuatro.
-El hombro es lo que más me duele-Le digo. Pero claro… no es médico el buen hombre, aunque lo parece.

Me aconseja ir “de feria” al ambulatorio más próximo, a que me curen las heridas de las rodillas que también se han golpeado; lo sé porque son mías, pero sobre todo, el brazo, cuyo hombro, por falta de hombre que lo haya agarrado a tiempo parcial, se resiente con creces y por momentos.

Vuelo, como aquél que dice, al ambulatorio, por consejo de ese espontáneo. Después de bastante tiempo esperando, la doctora me dice que acuda lo antes posible al hospital por si hay que darme otro meneo, bien dado, para recolocar esa articulación en su lugar.

-Cuanto antes mejor, no se me demore demasiado en acercarse al sitio recomendado que allí la esperan con los brazos abiertos, para hacerle lo que haga falta, aunque sea un poco de daño, del modo que sólo lo saben hacer ellos que son expertos.
-Bueno, -le comunico, sin alegría ninguna empero. -Pero antes me pasaré por casa un momento.
-¿Para qué...? Le digo que vaya veloz.
-Para recoger un fular o algo, por si los aires acondicionados… No estoy ahora para coger frío también, usted me entienda.
-Pues recoja lo que sea pertinente pero no se me entretenga que el hospital seguro que tiene sitio para uno más y a estas horas además no suele estar demasiado concurrido y verá qué pronto la atenderán.

Bien. Allí dirijo mis pasos -que vuelven a las andadas- para encontrarme con un panorama de espanto: Gritos y gemidos, caras pálidas, muletas, sillas de rueda… Jesús qué fiesta.

Y vuelvo al lugar del inicio de este breve relato. Decía que regresando a mi casa, con el brazo en cabestrillo; lo anterior me lo salto por ser asunto privado y reservado solamente a los más allegados, me encuentro ya en mi calle, con unos vecinos que además son amigos y majos, a los que hace tiempo que no veo. En este caso no es problema de mi vista sino del tiempo.

Estamos contándonos las mil penas de nuestros historiales clínicos, tan amenos, porque yo vengo de urgencias, les digo, así, presumiendo, y ella que de cirugía ambulante, me dice, tan campante. ¡Ele, hoy, cuatro de julio, cómo celebramos los de aquí, El Día de la Independencia de los Estados Unidos!

Él ya se ha repuesto, casi, de un atropello sufrido en un paso de cebra hace algunos años, y tiene poco ya, felizmente, que contar al respecto.

Nosotras nos reímos con nuestras anécdotas de currículums de cuerpos de jota; casi ni se nos nota, porque estamos las dos bien contentas y la mar de hermosas. Pero la procesión va por dentro, dicen, y es procesión silenciosa…

-Mira,- me dice en un determinado momento- tras de ti, a la entrada del portal de al lado, hay un chico desnudo que está dando paseos… No sé qué querrá.
-¿Qué dices… deliras de día?
-Que sí, que es verdad. ¡Date la vuelta y verás!

Y es cierto. Allí hay un joven, muy guapo y de unos 25 años, como Adán, pero en vez de hoja de parra, se había colocado, delante de sus partes íntimas, un papel en blanco.

-Pero antes sin papel, ha venido a mirar. Ha debido de encontrarlo después.
-¿Y no me avisas?- Le reprocho. -¡Ten para eso amigas…!- Se ríen, ella y compañía.

-¿Tienes algún problema, amigo? -Le pregunto amablemente, al desnudo y descalzo, que parece querer decir algo que no llegamos a captar.
-Sí, que necesito que alguien me abra el portal.
-Llave no tenemos, porque no vivimos ahí ni conocemos a nadie que viva-Le informo.

Nosotros seguimos comentando, desconcertados; en voz baja, claro, para que no se ofenda el menda, sobre la situación surrealista que se presenta ante nuestros ojos. Yo, todavía, con la pulserita del hospital en la muñeca derecha y, como antes he dicho, el brazo en cabestrillo, ella con el apósito sobre el pinchazo de la anestesia o del suero, son los únicos adornos, además de nuestra vestimenta, que llevamos puestos; pues los tres íbamos cubiertos con sencillas prendas veraniegas; esa rara costumbre que tenemos algunos de salir con ropa a la calle. Ya ves... con lo fresquito que se va, con nada por detrás y un simple papel por delante.

La verdad es que, hablando en serio ahora, cuando una está vestida, se siente con la necesidad de ayudar al prójimo que no lo está, sin necesidad de recordar aquella Obra de Misericordia Corporal, que dice "viste al desnudo”.

-¿En qué te podemos ayudar? -Le vuelvo a preguntar, después de que nos da una explicación absurda sobre que ha pasado a casa de su madre y después se ha cerrado la puerta del portal.

-¿Pero es que iba a casa de su madre sin atuendo?- Nos susurra mi vecina incrédula, a su marido y a mí.
-No cuela.-Dice su marido.
-Yo tampoco lo comprendo.

Seguimos sin entender lo que nos trata de explicar.

-Ten cuidado, por lo que pueda pasar, a ver si va a ser un tipo raro- me aconsejan mis vecinos- o déjale ese fular tan mono que has llevado al hospital.
-No, el fular no se lo dejo que es especial urgencias del cuatro de julio y me puede servir para el próximo año o para los demás.
-Pues tú verás… pero nosotros pensamos que todo esto es muy extraño… no sabemos qué querrá.

Mientras deliberamos qué hacer con el chico y su desnudez, él sigue rondándonos, como una avispa pero con piel, a dos o tres metros de distancia, enseñándonos sus glúteos bien apretados; porque el chico está tremendo. Esto, por educación me lo estoy callando, pero las cosas son como son y así hay que contarlas; hasta con mi vista corta lo puedo atisbar.

Sale un vecino, del portal codiciado por el susodicho, y pese a que le ruega que le deje pasar, no le permite la entrada. Nos dirigimos a él, animándole, “hombre déjelo entrar que el chico va a coger frío, siendo verano juliano”. Pero ni caso que nos hizo; el señor se larga sin decir ni pío.

Y vuelvo a querer enterarme de cuál es su situación y a prestarme a darle auxilio. Suponiendo que lo que precisa es entrar y cuanto antes en su casa, si es que vive allí que, según decía, sí.
-Que... ¿en qué te puedo ayudar? ¿Quieres que llame al 112? -Pienso que se ha dejado la llave dentro y tendrán que abrirle los bomberos o algún cerrajero…Porque no me cabe en la cabeza cómo va a volver a pasar a su casa, si llave no tiene, que a la vista está, no necesitamos preguntarle siquiera, sólo una hoja de papel, repito, que sujeta con sus manitas morenas.

Mis amigos insisten:
-A ver si te vas a meter en un lío. Es muy confuso lo que explica. Tú misma.
-¿Pero no nos vamos a ir y le vamos a dejar así?-  Les comento- Pobre chico… necesita cobijo. Y nosotros, viniendo de lo que venimos, del hospital y sensibles… ¿qué menos que ayudar a un desconocido a que tenga la oportunidad de volver a vestirse?
-¡Que tú misma, hija!-Repite mi vecina.

-Que soy vecino del tercero, y que sólo quiero entrar al portal.-Responde el chico.
-Pues llama a algún timbre del portero automático para que te abran.
-Ya lo he hecho pero no me abre nadie.
-A ver, vuelve a llamar.

Alguien responde al otro lado del telefonillo.
-¿Síiii?
-Hola, buenas tardes, ¿qué tal está usted?- Saluda muy educadamente el joven en paños ninguno. -Educación no le falta, desde luego, así tal y como está, en cueros.
-Bien. -Responde el vecino en off.
-¿Me puede abrir la puerta?
-No.
-¡Pero al grano! -le digo.
-¿Cómo dice?... -Me interroga el vecino.
-Nada, nada, mire, por favor, abra la puerta
-No nos lo permiten. Por eso de que tenemos órdenes de la comunidad de propietarios de evitar el paso a desconocidos que puedan hacer estragos en nuestras comunidades.
-Ya lo sé, soy del portal de al lado y estoy al tanto. Pero oiga, -insisto- en este caso es menester que le abra la puerta a este chico, que dice ser vecino del tercero o del quinto, pues está en una situación… ehhh, difícil de explicar.

Y va y le abre.

-Muchas gracias, muchas gracias –Me repite el muchacho- Muchas gracias, de verdad, -Reitera insistente. Y, con ese revuelo que ha montado, desaparece de mi poca vista para siempre. O tal vez algún día me lo vuelva a encontrar pero no sé si sabré reconocerlo si va vestido, porque entre mi vista de lince tuerto y mi despiste… Pero siempre recordaré que en un cuatro de julio, tras venir del hospital con materia reservada y pronóstico favorable, prescripción de analgésicos portátiles; que no consumo al gusto, y nueva visita al traumatólogo de zona, programada, me alegró mi poca vista, un ser humano de género mas-culino, desvestido como Dios manda, que con ahínco me rogó que le ayudara a hacer mutis por el foro del portal vecino. Y ahora mucho más, por haberlo escrito.

Y repito, así celebramos aquí los cuatro de julio de allí.
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Pero, vamos, a situación pasada, yo tengo mi propio argumento de los hechos y creo que algo más coherente. Y es la siguiente:

Seguramente no vivía allí y estaba acompañando a alguna mujer que sí. Algo hizo él que a ella no le gustó y le arrojó la ropa, calzado y otros objetos personales, fuera de la casa, por la ventana o quizá por la terraza, para que se largara a todo trapo pero sin trapos. Él bajó corriendo y se asomó un momento desde el portal para recogerla y en eso que se le cerró la puerta. Y allí estábamos nosotros, intercambiando nuestras historias curiosas, de enfermedades y médicos.

Cuando comprobó que no había nada en esa parte de la calle, pues seguramente arrojó  las cosas por la terraza, que da al otro lado y él desconocía por no ser inquilino, como digo, de estas casas. No llamó al timbre de ella porque sabía que no iba a abrírle, o tal vez llamó pero ella hizo caso omiso. Por eso quería volver a entrar en el portal para hacerlo, directamente, en la puerta principal de la esposa, novia, amante, o lo que fuera, hasta que le dejara entrar de nuevo, pensando en que no era cierto lo que le dijo de haberle tirado la ropa a la calle, desde el piso. Imagino que le tocaría más tarde, si no consiguiera ablandarle el corazón a ella, bajar de nuevo a la calle y rodear el edificio, así mismo, con ninguna prenda de vestir, o algo prestado de algún vecino, para ir al patio trasero a por lo que era suyo y allí le esperaba.. o eso creo.

Y esta es la explicación más congruente que le encuentro a esta situación, que ni me va ni me viene, pero mi imaginación ha rellenado los vacíos de información que tiene la historia que nos contó. Como no he podido dormir, por algo de dolor y por no saber postura que poner, he aprovechado a dedicar un rato al grato arte de la narración.

Y he pensado también que pudiera ser que fuera gay y que, la otra parte de la historia, en vez de ella, fuera él. Pero esto, básicamente, no cambia mi tesis.

A todo esto… con un solo brazo disponible, no sé ni cómo escribo esto. Llevo desde las cuatro de la mañana dándole al teclado y con migraña incipiente. Y son las cinco ya, del cinco del siete del dos mil diecisiete, así que lo publicaré a las siete.

Feliz jornada a todos.

Ángeles Córdoba Tordesillas


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