Desde mi nube y con gafitas

“Érase una vez un Ángel que del Cielo quiso bajar a la Tierra para experimentar lo que era ser humano. Adoptó la forma de mujer. Sólo bajó con lo puesto… unas preciosas gafitas que Dios le había regalado y una nube pequeña, desde donde miraba cada día todo lo que sucedía entre el Cielo y la Tierra. Sólo a través de esas gafitas podía ver nítidamente el mundo y a las personas que vivían en él. Sin ellas se sentía desorientada, perdida, pues todo se volvía invisible e incluso ella misma, ya que ni siquiera podía percibir su propio cuerpo. Esta historia está contada por ese ángel que, a través de la narración de sus peculiares observaciones, intenta representar el mundo que ve.”

Un día agarré mi media nube y mis gafitas (esas que Dios me ha dado) y fui a vivir a un lugar indeterminado entre la metáfora y el surrealismo. Desde entonces, estoy pagando la hipoteca con poemas, cuentos, relatos, novelas, dibujos, pinturas, fotografías… ¡canela fina! y otras especias.

Poco a poco o mucho a mucho, dependiendo del día, estado de ánimo y condiciones atmosféricas, suministraré género del bueno, fabricado a mano, con amor, humor y pasión.

Porque te quiero. Porque todo lo que hago es pensando en ti y con el corazón… de la única forma que sé vivir. Y estoy en ello, dispuesta a seguir haciéndolo con muchas ganas, para que tú lo puedas disfrutar. Ojalá sea así.

20 ene. 2018

UN CAFÉ EN TUS MANOS

¿Por qué no fui más consciente de la felicidad que suponía tenerte a mi lado viendo el amanecer, admirados, cada mañana, en la pequeña terraza de nuestra casa, aunque era mía?
Entrar después y ese olor a café, que nunca tomaba, preparado por ti, haciendo los planes del día.
Qué grande era la vida con ese sentimiento que golpeaba mi pecho como una ola a la roca adormecida.
Cuánto amor me regalabas, con tu presencia, con tus miradas en silencio, con tus risas de niño esperanzado.
Me pregunto por qué no creó Dios dos mundos. Uno para la gente normal y otro para personas como nosotros, que éramos felices sin tener nada, más que un café en tus manos por las mañanas, un beso de buenos días, y unos planes comunes.

Ángeles Córdoba Tordesillas ©


Aviso: Es una simple ilustración no promocional. El café no es un alimento saludable. 

MI HIJO, EL MEJOR DON

Soy afortunada
por tener el hijo que tengo.
Que no ha podido darme Dios
un regalo más inmenso
que su corazón junto al mío.
Ningún don es comparable
al privilegio de tener su amor.
Cómo me cuida.
Cómo me mima.
Cómo me abraza con sus palabras.
Cómo me cura las heridas del alma,
con su comprensión.
Hasta el día más invernal
lo convierte en primavera.
Borra cualquier sombra
de duda o de dolor.
Me trae luz, color y alegría,
como un mago de la dicha,
con su energía vital,
desbordante
y su chispeante humor.
Me siento tan afortunada
que no dejo de dar gracias a Dios.
Él es la principal razón,
aparte de mí misma,
para que lata mi corazón ,
en un aliento tras otro
y desear continuar aquí
para ser una feliz y orgullosa abuela
de sus hijos.

Ángeles Córdoba Tordesillas 


18 ene. 2018

CUANDO ÉRAMOS PUROS

Hace un mundo que no nos vemos.
Que no sabemos ninguna herida el uno del otro.
Hemos dejado que naveguen demasiadas vidas entre los dos.
Ahora es difícil remar contra corriente.

Hace un universo que no coincidimos en el mismo planeta.
Ese maravilloso fluir constante del río de tu alegría.
Esos amaneceres multicolores que me ofrecías,
con tus ojos adornados de claveles.

Me siento huérfana de luceros y lunas llenas.
De serenas estrellas, de melancolías, de tormentas…
Tanto me ofrecías sin pedírtelo, tanto nos ofrecimos,
que aquella existencia, entera, enteros nos absorbimos.

Hace un infinito que no nos encontramos.
La dulce presencia suave de nuestros alientos, nos lo impide.
Tal vez era más sencillo
ser pequeñas nubes blancas de dicha, en el cielo
y flotar, inocentemente, como querubines.

Ángeles Córdoba Tordesillas ©


Fotografía hecha con estas gafitas que Dios me ha dado. 

17 ene. 2018

A NINGUNA PARTE

-¿Qué haces vestido de esa guisa, Honorato?
-De este guiso, mejor dicho, “patatas a la importancia”. Disfrazado voy a la fiesta del vecino, "para todos los gustos" llamada, y lanzado.
-Pero a mí no me ha invitado.
-Eso creo.
-¿Y te parece bonito que no me haya dicho ni pío, a mí, que hubiera ido vestida tan mona, de “costillas a la brasa”, haciendo juego contigo, y con algo de salsa americana?
-Ya ves… inexplicable.
-¿Pero no será cierto que tú acudirás, aún así, habiendo tenido esa falta tan grave de conducta conmigo?
-Hummm, pues como ya estoy listo… me iba a ir yendo.
-Pero Honorato… ¿Qué desgarro de corazón es éste, con lo que yo te he amado siempre que de tanto que te quiero nunca podría perdonarte? Piénsalo bien, antes de decidirte y largarte.
-¿Qué ponen en la tele esta noche?
-El peliculón de Antenta 3, “La revoltosa lady”.
-Ya… Hazme sitio en el sofá de tamaño virtual, querida.
-Bueno, pero antes quítate ese disfraz que con él ocupas mucho y, además, te estoy aplastando, con el culo, una patatita que se va a quedar sin esa importancia que tiene.
-Voy presto y luego vuelvo.
-¿Sin reproches?
-Ni remordimientos. “Hasta que la muerte nos separe”, dijimos.
-Sí, eso es. Ella sabrá lo que hace y deshace. Estamos tan unidos, cariño…

Ángeles Córdoba Tordesillas ©


16 ene. 2018

ITINERARIO

Penetro en su pasado y no puedo retroceder su aroma,
ni su figura quieta, ni sus ojos, redonditos, rendidos a la tristeza amarga de sus calles estrechas.

No soy capaz de arrullar su mente, absorta en los problemas,
al refugio de mi alma, donde hay un altar de calma, para sus palabras amadas
y su luz bondadosa.

Y de nuevo, se conforma con nada, de nuevo, se pierde en la angustia,
de nuevo todo se acaba.

¿Cómo puedo añorar lo que sucumbió en cenizas y volcó la muerte en mi cuerpo?
¿Qué cordura, de qué tipo, es privilegio la añoranza?

He de escapar de esa espiral agonizante porque todo en mí es vida y alegría,
excepto cuando me apresa el recuerdo de quien fue lo que tal vez nunca debió haber sido.

Y regreso al presente de un instante de conciencia,
a dar gracias por salvarme de aquél sitio, que rompió mi corazón en cien edades.

Ángeles Córdoba Tordesillas ©


BUENAS NOCHES

Noche de revelaciones.
De dudas desveladas.
De promesas y victorias.
De ternura y dicha,
inesperadas.

Final de un día intenso.
De voces conocidas, lejanas.
Queridas siempre.
Le pese a quien le pese.

Ángeles Córdoba Tordesillas


Billie Holiday - I´m a Fool To Want You

15 ene. 2018

LLAMAR LA ATENCIÓN

Nunca me ha gustado llamar la atención por mi persona, en todo caso por mis obras; en las que intento dar lo mejor de mí. De hecho, soy bastante tímida.

Recuerdo una anécdota que me sucedió de niña; si se puede llamar anécdota a un hecho repetitivo:

Teniendo seis años, cuando toda la familia salíamos a pasar el domingo a algún pueblo de los alrededores de Madrid, especialmente en invierno, cuando la noche se le echa encima al día, al volver al coche, que habíamos dejado aparcado horas antes, con intención de regresar a casa, mis hermanos echaban a correr hacia él. Yo iba tras ellos siguiendo el sonido de sus voces pero, alguna vez, corrían tanto que les perdía la pista. Entonces seguía andando por inercia, y con cierto sentido del ridículo, suponiendo que si me echaban en falta, vendrían a buscarme y que si no era así, y se olvidaban de mí, habría de conformarme y luego ya pensaría qué haría.

No entendía cómo podían averiguar dónde estaba nuestro Simca 1000 entre tantos otros coches… Y es que no me daba cuenta de que ellos veían bien. Supongo que pensaba que todo el mundo veía lo mismo que yo, es decir que no veían lo que yo no era capaz de ver. Por ello me sorprendía sobremanera su perspicacia. 

Felizmente, de repente, alguno de ellos se acercaba, me agarraba o me empujaba hasta el coche, donde el resto de la familia me esperaba y mi madre gritaba muy enfadada, acusándome de hacer aquello para llamar la atención. 

Ninguno se daba cuenta de que era mi falta de visión lo que hacía que me extraviara tantas veces. Mi padre le decía que me despistaba porque andaba en mi mundo, que tenía demasiada imaginación. Y ella insistía: “Te digo que lo hace para llamar la atención. ¿No ves que ni siquiera parece importarle?”. 

No, nunca quise llamar la atención. No sabía exactamente lo que me sucedía pero simplemente me daba cuenta de que, por alguna razón que no entendía, era diferente -me resisto a decir minusválida- a mis hermanos, y a la mayoría de los niños que conocía, y lo aceptaba con la mayor serenidad que puede ser capaz de tener una niña de seis años.  

Me pregunto si alguna vez, alguno de ellos, que afortunadamente veían bien, se fijó en la expresión de felicidad de mi cara, cuando ya estaba sentada en el Simca 1000, volviendo a casa con mi familia. 

Ángeles Córdoba Tordesillas